El presente artículo surgió como producto de la reflexión en el espacio de práctica ministeRial, de un pastor presbiteriano cumberland de la ciudad de Medellín (Andrés Giraldo), quien es estudiante de la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia, y que en calidad de colega y compañero me permitió subir su reflexión a este blog; ya que escribió un interesante acercamiento del asunto de la gracia y la responsabilidad del hombre, que sin duda me hizo repensar muchas de las presuposiciones que tenía acerca del tema. Procuré en lo posible mantener el texto original, aunque hice algunas correcciones de forma, con el permiso de el autor; les animo a que lo lean y disfruten de esta reflexión, que sin duda, vale la pena ser leida.
GRACIA Y TRANFORMACIÓN
En el año 1984 el profesor Theo Donner presentó unas conferencias a la comunidad Bautista Canadiense que luego se convirtieron en la publicación de un libro acerca de la tensión que ha existido, en medio de la Iglesia Reformada, entre el concepto de la Soberanía de Dios y la Responsabilidad del hombre. En su libro, el profesor Donner muestra toda una explicación en cuanto a la diferencia de criterios entre los movimientos del Calvinismo y Arminianismo y cómo, cada postura, ha influenciado el pensamiento de las diferentes denominaciones eclesiales. De manera magistral, la argumentación del autor, lleva toda una defensa de la teología de la gracia con la búsqueda del equilibrio frente a diversas posturas que han pretendido ver el concepto de gracia como la llave para el desenfreno y la falta de responsabilidad de quienes la han recibido.
La preocupación parte del mismo concepto que hoy tenemos acerca de la Gracia, no el que está en el libro, que de hecho es una excelente exposición acerca del tema, ni por falta de criterios de quienes nos están formando o de una predicación oportuna, sino más bien, de cómo hemos entendido la Gracia y en qué forma ese concepto ha ido socavando nuestra responsabilidad y hemos perdido el equilibrio entre lo que conocemos del tema y lo que vivimos. No pretendo ser la voz en el desierto (¡ni más faltaba!), pero sí creo que hoy es pertinente mirarnos a nosotros mismos, y evaluar nuestro comportamiento a la luz de esta realidad.
La secularización de nuestra institución es evidente, hemos perdido valores, particularidad, hemos perdido criterio. Cuando observamos de manera detallada la forma en la que vivimos quienes formamos parte de ella, la preocupación crece junto con el temor. La falta de respeto entre estudiantes y profesores, la individualidad, la carencia de honestidad e integridad son pan de cada día en medio de quienes decimos profesar la fe en Jesús. Nos hemos ido olvidando del perdón, de la tolerancia, hemos dejado atrás la verdad por las conveniencias y poco a poco estamos perdiendo la sensibilidad y el amor, hemos hecho colectiva la permisividad bajo el pretexto de nuestra debilidad. Nos hemos permitido dejar de ser diferentes, cada día nos parecemos más “al pensamiento de este siglo”.
La gracia es la llave. Cuando entendimos que no somos nosotros, sino que es Dios el que nos transforma, el peso del legalismo desapareció de muchos de nosotros. Al ser libres y no tener la carga de la pérdida, llegamos a pensar que nuestra libertad nos daba la tranquilidad de no tener que responder por algo de lo que no podemos llevar. La gracia vista desde esta perspectiva, es lo que ha llevado a que gran parte de la iglesia se olvide de la santidad, y ese mismo camino hoy lo estamos recorriendo como institución. El discurso se centra, de manera personal, en las luchas. Si yo estoy “luchando” y me reconozco a mí mismo la lucha, pareciera como si ya tuviera saldada la responsabilidad ante Dios y los demás. Sin embargo, esas luchas se han ido convirtiendo en el pase de seguridad para hacer con nuestras vidas lo que bien nos parece.
Ahora, la gracia es mucho más que eso y todos lo sabemos. El problema es cómo lo llevamos a la práctica. Si la gracia nos da la capacidad para reconocer que no somos capaces por nuestras propias fuerzas de agradar a Dios y de vivir en santidad, también debe darnos el criterio para acercarnos a Dios y permitir que sea Él quien lo haga. Si nosotros no podemos, Él sí puede. Sin embargo, hemos optado por el camino fácil, reconocer que no tenemos la capacidad y no hacer nada puesto que no depende de nosotros. Este concepto de gracia es el cáncer de quienes dicen conocer a Dios.
Pablo, en su carta a los Efesios da una demostración de lo que es la gracia y abre la posibilidad de reconocer que evidentemente es Dios quien transforma, pero que esto no implica falta de responsabilidad para quienes son transformados: “8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe. 10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. (Efe. 2:8-10).
El don inmerecido de la gracia, aquel que nos quita el peso de ser nosotros los que logramos las cosas, no es el don que nos da la llave para vivir de cualquier manera. Pablo reconoció que esa gracia que brinda salvación, también es la gracia que crea nuevas vidas en Jesús. Reconoció que es por gracia para que nadie se gloríe, pero que también es para que andemos en buenas obras. Reconoció que quienes han recibido la gracia, también han recibido el don de ser transformados.
No podemos seguir separando una cosa de la otra. Estamos llamados a sincerarnos con nuestra realidad, no somos capaces, pero también estamos llamados a ser transformados, a mostrar que Dios nos santifica y a vivir con esa realidad cada día. El Seminario necesita de hombres y mujeres valientes que confiesen que no tienen la capacidad de cambiar, pero que esa capacidad a la vez está en las manos de Dios y se está haciendo verdad en cada uno de nosotros. Han pasado 65 años y Dios no ha dejado de mostrar su gracia y su misericordia, básicamente porque no depende de nosotros. No obstante, hay que reconocer que seguimos necesitando esa gracia para ser transformados a la voluntad de Dios y que sin ella nuestro futuro es incierto como institución y como parte de la iglesia en Colombia y América Latina.
En Junio del año pasado celebramos los 500 años de la Reforma con un diálogo acerca del pensamiento reformado. La participación del pastor Ronald Christie mostró mucho de la realidad de la gracia en su tema “El Calvinismo y la Perseverancia”. Creo que hoy tenemos la responsabilidad de mirar de forma detallada sus palabras: “Es de suma importancia definir la perseverancia con referencia, no a la vida venidera, sino a esta vida. Nos enseña más claramente que el pensamiento reformado enfatiza que la santidad es parte esencial de la salvación; y que Dios ha ordenado no solo la meta de la salvación, sino también los medios para alcanzar esta meta” (Una mirada al Pensamiento Reformado, Christie, página 42).
Quiero evocar las palabras de Mark Labberton: “Somos extraños en tierra extraña; estamos llamados a vivir como exiliados, a no dejarnos llevar por el mundo que nos rodea, a recordar a quien le pertenecemos y cómo nos identificamos con Él” “Estamos llamados a vivir dentro de una sociedad sabiendo que el centro de nuestra vida debe ser Jesús y a entender que Él es la única audiencia que tenemos en cada esfera de nuestro diario vivir”. Estoy completamente convencido que estamos llamados a reconocer que la gracia no puede seguir siendo la excusa para no vivir conforme a la voluntad de Dios, la gracia, que cada uno ha recibido, debe convertirse hoy en nuestra más grande fortaleza para vivir con la plena certidumbre de que es Dios quien hace la obra y quien nos llama a vivir en santidad, no por nuestras capacidades, sino por la transformación que está obrando en cada uno de nosotros…
FELICITACIONES PASTOR ANDRES GIRALDO...
DIOS TE BENDIGA!!!!!!





